Los de mi apellido son famosos porque son distraídos, se despistan, olvidan cosas, y pierden vuelos. A 15 minutos de cerrar la facturación para el vuelo Madrid-Marrakech, nosotros por supuesto estábamos con nuestras maletas en el metro de Madrid, implorando, rezando a cualquier dios y murmurando lo bien que nos vendría en este momento un ansiolítico. Por intervención cuasi-divina llegamos a Marrakech tres horas después, donde nos recibe un aeropuerto a medio construir.
Llama nuestra atención la señora de la limpieza, apoyada en la puerta del baño a la espera de que alguien lo ensucie, para que ella lo limpie seguidamente, luce el típico uniforme azul, pero con un pañuelo en la cabeza a juego. Esperando en el control de pasaportes, alguien hace una foto con una cámara reflex, y la cámara es rápidamente confiscada para borrar la foto y devuelta.
Lo que se ve al bajar del avión.
Nos espera un chófer a la salida del aeropuerto con el cartel ‘Riad Edén’, nos saluda afectuosamente con un español básico y nos lleva a su antiguo mercedes tapizado con terciopelo rojo, alfombras marroquíes y motivos mozárabes.
El primer sentimiento al llegar a las puertas de la Medina (el casco viejo amurallado, donde está prohibido que circulen los coches) que tienen casi todos los turistas es de miedo e inseguridad, al ver calles muy mal iluminadas y charcos que realzaban la sensación suburbial.
Un hombre gordo con una chilaba azul chillón llevó nuestras maletas en una carretilla oxidada a la puerta de nuestro riad, el cual nos pide 50 dirhams de propina (5€ haciendo el cambio a lo fácil, aunque en realidad un euro equivale a 11 dirhams). En un principio el traslado del aeropuerto al riad se pagaba al dueño, y cuando intentábamos hacerle entrer en razón intentó forcejear y quitarnos los dirhams de las manos. Finalmente nos llamó ‘catalanes’ y se conformó con 20 dirhams. La bienvenida no pudo ser peor.
Fuente del patio central del riad
A pesar de lo precioso que era el riad, una casa típica marroquí con un patio interior y habitaciones lujosas alrededor, no salíamos de nuestro asombro, incluso manejamos la posibilidad de no salir del riad hasta el día siguiente, pero según el plan, el bullicio de la famosa plaza Djemaa el-Fna nos esperaba, una enorme plaza donde todas las noches se montan cientos de puestos que venden té de menta, comida, y zumos. (Nota para burgaleses: Es como la fiesta del Parral, pero a lo bestia y todos los días)
Pésima foto de la inmensa plaza Djemaa El-Fna
Rápidamente nos juntamos con otros dos rastas españoles que avistamos, los cuales también habían llegado a la ciudad el mismo día, y tomamos con ellos un té, servido en un vaso con hojas frescas de menta que nos supo a gloria. Desde entonces se convierte en nuestro vicio, y todos los días caían dos o tres.
El cuscús vegetariano y las brochetas de pollo nos supieron buenísimas. Nos traen platos de más pero nos dejamos timar encantados. La buena conversación que nos dan los camareros alivia, los cuales nos explicaron que en Marruecos la gente aparentaba ser más pobre de lo que es, lo cual era una gran ayuda a la hora de regatear, justo lo contrario que en España, donde aparentamos más de lo que tenemos e intentamos vivir por encima de nuestras posibilidades.

Nos cobran a precios descaradamente europeos, y a raíz del sentimiento de estar siendo estafados constantemente, la semilla de la picaresca empieza a germinar. Finalizamos el banquete con un zumo de naranja que dejó a las naranjas españolas a la altura del betún. Los clientes se acercaban al puesto para beberse su zumo, dejaban el vaso, el hombre lo pasaba por el grifo y servía otro zumo a otro estando el vaso aún pegajoso. Nada más servirnos el vaso, una cucaracha corretea por el mostrador. A nadie parece importarle, y a nosotros, menos.
Puesto de zumos regentado por un par de fanáticos del Madrid.
Parece que el tema reinante era el partido Madrid-Barça, con una gran competencia entre fanáticos de ambos lados, un tema que aprovechaban para sacar cada vez que tomaban contacto con españoles y gritar a alguien del equipo opuesto que su partido jugó muy mal. Los lugareños son muy pícaros a la hora de hacer negocios, pero eso no impedía que sean tremendamente sociales y aprovecharan cualquier ocasión para hablar con desconocidos.
Si el turista es cerrado de mente, indudablemente tomará a los marroquíes como unos maleducados y unos ladrones de mucho cuidado, pero si abres tu mente, podrás entrar en el viciante juego de la picaresca, hacerte amigo del dueño del puesto aunque le hayas hecho polvo regateándole, no sentirse insultado cada vez que te pidan dirhams por haber hecho una foto a alguien, e ignorar alegremente a los que se ofrecen para hacer de guía por Marrakech. Es algo que se va descubriendo poco a poco durante tu estancia en la ciudad.
Vimos por la calle parejas de hombres de la mano, agarrados del brazo, o en actitud cariñosa, algo curiosísimo, pues lo que en España sólo es propio de gays, allí es propio de todos, no existen prejuicios entre ellos, y si existe cercanía entre dos hombres es fácil verles de esta guisa.
Un cuenta cuentos que hacía reír a la multitud que se agolpaba.
Por la noche caminan por las calles de la medina ‘guardias’ que ayudan a la gente a llegar a sus casas por las oscuras calles. En nuestro caso, un señor viejo armado con un pequeño bastón tallado malamente por él mismo, nos atendió cuando nos perdimos (haciendo gala de nuestro apellido), y se encargó de que llegaramos a la puerta del riad sanos y salvos. Por primera vez alguien no nos cobró nada por su servicio.